Subí aquellas escaleras por primera vez hace casi veinte años, un verano, cuando la tienda estaba entre Las Ramblas y la calle Hospital, cerca del Liceu. Recuerdo la sensación con total claridad: todo me pareció absolutamente mágico. El olor a zapatillas de ballet, las pelucas, las diademas, el atrezzo de las óperas… un mundo auténtico, verdadero, vivo.
Carolina de Pedro · 31 de enero de 2026
Marquès Damaret era —y seguirá siendo— uno de esos lugares donde el arte no se exhibe, se vive.
Allí conocí a Àngels Palomar Marquès, alma visible de la casa: presencia luminosa, trato delicado y conocimiento real del oficio. Con los años se convirtió en referencia para mis alumnas y para mí, y también en amiga.
Nos ayudaba, enseñaba y aconsejaba con las zapatillas de punta, los tutús, maillots y accesorios; resolvía urgencias de último momento y, sobre todo, ofrecía algo que no se vende: tiempo, escucha y humanidad. Vino también a mis clases: fue una alumna y compañera excelente. Conocía el ballet, ya que lo había estudiado desde niña, y fue siempre una alumna atenta y comprometida.
La historia de la casa es también una historia de continuidad artística.
La tercera generación, con Àngels a la cabeza y su esposo Francisco —motor de la casa y trabajador incansable—, tuvo en sus manos una empresa que abarcó todos los ámbitos del arte escénico: teatro, cine y publicidad. Pelucas, maquillaje, atrezzo. Un oficio sostenido con rigor, sensibilidad y entrega.
Pasan los días, los años y los siglos, y Damaret nos ha hecho levantar la mirada, enseñándonos a ver las cosas —y el arte— de otra manera.
Cuando subí por primera vez aquellas escaleras, hace tantos años atrás, una de las primeras maravillas que vi fue una increíble foto de Maya Plisetskaya vestida de Carmen, con la dedicatoria: “para Damaret, Maya Plisetskaya”. Me quedé helada. Comprendí que aquel lugar no era solo una tienda: era un fragmento vivo de la historia del ballet en Barcelona. Y no solo había regalado su foto dedicada: también sus puntas, firmadas.
Hoy cierra sus puertas Marquès Damaret.
Sus dueños se jubilan después de toda una vida dedicada al oficio y al trabajo.
No con tristeza, sino con misión cumplida.
Hay lugares que no desaparecen: quedan en el cuerpo, en la memoria y en la danza de quienes pasamos por ellos.
Marquès Damaret, gracias por todo lo dado, lo vivido y lo compartido. El arte lo recuerda.




















